sábado, 4 de octubre de 2008

Gilberto en octubre



Ha transcurrido ya un mes desde la muerte de Gilberto Rincón Gallardo. En este tiempo han ocurrido sucesos que todavía no han mostrado todas sus secuelas (algunas apenas muestran su faz terrible, como la crisis financiera global); muchos de ellos han sido sorpresivos, por decir lo menos.
Hace un mes, durante su velorio, hubo momentos en que cierta desazón me agobiaba: no lograba estar cerca de Gilberto, lo sentía lejano, ajeno; o quizá era yo el omiso en ese íntimo y tremendo acontecimiento de su muerte. Sólo una imagen se me presentaba insistente, memoriosamente terca: él, con su copa de vino, platicando con varios, acogidos en la quietud de su estudio.
La lectura de los artículos en los que se rendía homenaje a su memoria, y la distancia, me ayudaron a objetivar la causa de la desazón mentada y a despojarme del remordimiento sentido.
Al observar la caída libre del Partido Socialdemócrata, la inexistencia de otras expresiones orgánicas fuertes que se reclamaran demócrata sociales, las tendencias que después permitirían al PRI a pronunciarse como miembro de la socialdemocracia, así como la disparidad entre el discurso y la práctica de la fracción perredista que se llama a sí misma socialdemócrata, atribuí errónea e injustamente la responsabilidad de la miseria de la socialdemocracia a Gilberto, suponiendo de manera estúpida que su salida de la lucha partidaria y su “reclusión” en una dependencia gubernamental había hecho más en contra de aquella causa que las deserciones, retracciones e inacciones de los demás, yo incluido.
Mi proceder tenía al menos dos manantiales, ambos producto de mi formación azarosa. El primero, positivo, partía del hecho de haber dado a Gilberto, de manera acrítica, el más alto reconocimiento como político y el mayor valor ético, académico e histórico. Al imponerlo como mi Mentor particular (yo, Telémaco tan necesitado de luces), consideré abandono de obligaciones lo que en él era construcción y combate; una nueva lección no pedida pero dada un poco al modo zen, puesto que él no había contraído obligación ni deuda alguna conmigo: yo se la había adjudicado. Uno elige a sus mentores, pero a ellos no son imputables los desvaríos de quienes dicen ser sus seguidores.
Al otorgarle cualidades superlativas a Gilberto, era fácil responsabilizarlo a él, sólo a él, de que la idea socialdemócrata se fuera diluyendo, como me parecía. No comprendía que el espacio que estaba construyendo desde su basamento, el CONAPRED, era expresión política de esa idea y ampliación del Estado social por vía de los hechos y no sólo del discurso.
El segundo proceder, totalmente negativo, era consecuencia de lo anterior: había cedido mi representatividad, y en esa medida mi propia responsabilidad, en la figura política de Gilberto como constructor de la socialdemocracia en este país. Dicho de otra manera, al ceder esa responsabilidad estaba enajenando mi ser político al cederla a otro sujeto al que consideraba la encarnación de esa idea, la verdad de la socialdemocracia en un solo individuo. Había yo caído en la trampa que construye a los caudillos.
Supongo que Gilberto reconocía de inmediato esos dispositivos y se guardaba muy bien de no caer en tales trampas. Y si fue preceptivo en ocasiones, creo que lo fue a pesar de sí mismo.
Ahora que he vuelto a leer algunos de los textos que componen el libro “A contracorriente”, en particular la conversación sostenida con Jesús Rodríguez Zepeda en 1999, pudo por fin mi dolor rezumar de una manera suave, casi dulce; y me dolí por no haberlo conocido mejor, por constatar que él aún podía y debía contribuir con ideas vertidas en textos más reposados que los del ejercicio periodístico, porque su vida y su pensar se habían detenido de manera abrupta; también por Silvia, su mujer, tan hermosa y serena, tan fuerte, esos días que la vi.
En estas fechas me alejo deliberadamente del Gilberto querido, justo para no idealizarlo, para apreciar mejor su dimensión humana, para criticarlo mientras busco en sus textos señales de identidad y signos cómplices, pero también los enunciados que me ayuden a confrontar su pensamiento con mi todavía acentuado marxismo y mi liberalismo mal digerido.
De ninguna manera pretendo hallar verdades reveladas ni comenzar una hermenéutica de su obra que apenas conozco. Más bien intento dialogar con él, escucharlo en su contexto, ubicarlo en el concierto de otras mentes lúcidas que han trabajado en empresas colectivas de muy extensa fabricación. Y en medio de todo ello el diálogo, el debate argumentativo como método para impulsar cambios profundos y perdurables.
Por ello adopto como divisa el enunciado de Gilberto acerca de una construcción socialdemócrata “no entre los extremos sino en contra de los extremos”, y me atrevería a parafrasear guevarianamente la necesidad de crear “una, dos, tres, muchas agrupaciones socialdemócratas” para lograrlo. Con todo, creo que a los socialdemócratas actuales y a sus organizaciones nos falta mucha poesía y nos sobran buenas intenciones. Con eso subrayo la necesidad de acentuar más los proyectos que enfaticen la igualdad y equilibrarlos con aquellos que insistan en las diferencias.
¿De qué otras maneras ir cultivando una hegemonía que desde esta idea contribuya a lograr reformas pactadas entre los actores políticos? ¿Qué otros materiales se requieren para cambiar los signos y formas culturales que tienden a dinamitar las configuraciones democráticas requeridas? ¿Cómo colaboramos para ponerle el cascabel adecuado al gato preciso? ¿Cuántos partidos, corrientes, documentos, conferencias, revistas, intelectuales o masas se necesitan para instalar un foco socialdemócrata, o toda una ciudad luz? Una cosa sí es muy clara, el que muchas transformaciones se deban hacer a pesar de los partidos e incluso en contra de ellos. Habrá que apuntalar mejor los procesos de ciudadanización.
Estos y muchos otros asuntos más es lo que me gustaría leer de Gilberto Rincón Gallardo, escucharlo y conversar con él. Gil nos hizo mucha falta en septiembre, nos está haciendo falta en este octubre, y nos hará mucha falta en los años y en las luchas por venir.

Alejandro Coria, 3 de octubre del 2008.

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